Centro de pensamiento

¿Verdades absolutas o realidades que se reconstruyen?

Escrito por Admin | Aug 17, 2026, 5:23:47 PM

Un artículo del Centro de Pensamiento CTI+e  de Ruta N 

Durante siglos se pensó que las leyes del universo estaban talladas en piedra, inamovibles e inalterables. Pero la ciencia no se parece a una escultura terminada: se parece más a un organismo vivo, que crece, muda de piel y, de vez en cuando, tiene que reinventarse por completo. 

Para entender por qué cambiamos constantemente de ideas, recuérdate aprendiendo algo nuevo. La mente hace una de dos cosas: o mete la información en un cajón que ya teníamos, o, construyes un cajón nuevo, Jean Piaget llamó a esto asimilar y acomodar; la ciencia,  funciona igual: los científicos comparten lo que Thomas Kuhn llamó paradigma que les permiten enfocar ciertos detalles del mundo y, sin darse cuenta, dejar otros completamente fuera de foco.


Un paradigma es un mapa que se sabe imperfecto y está dispuesto a corregirse cuando aparece un territorio que no encaja. Un dogma, en cambio, es una orden que exige obediencia porque "lo dijo alguien con autoridad", no porque se haya demostrado. En la ciencia no debería haber dogmas, porque hasta las ideas más queridas se pueden tirar a la basura si un mapa nuevo demuestra que ya no se necesitan o encajan.


Una línea de tiempo de mapas que se redibujaron


La historia del conocimiento no se dibuja de una sola vez ni en línea recta, sino que avanza a tropezones: se acumulan detalles raros que no encajan (los científicos las llaman anomalías) hasta que el mapa viejo se cae, ya no es legible y hay que justificar y explicar cada detalle.  Lo que obliga a dibujar uno nuevo.


Así pues, durante casi catorce siglos se creyó que la Tierra era el centro fijo del universo y que el Sol, los planetas y las estrellas giraban a nuestro alrededor, este modelo funcionaba, pero a medias y cada vez que un planeta se movía "raro", los astrónomos le añadían un parche geométrico, para explicar ese comportamiento "raro" como si intentaran remendar un mapa con cinta adhesiva; Fue Copérnico, y después Kepler y Galileo, quiénes se atrevieron a decir lo impensable: no somos la mesa del centro, somos un comensal más girando alrededor del Sol. El mapa cambió, y con él, el lugar del ser humano en el universo.


En 1847, en Viena, el médico Ignaz Semmelweis notó qué cuando los médicos se lavaban las manos con cloro antes de atender partos, muchas menos mujeres morían de fiebre. Los datos eran claros pero sus colegas prefirieron rechazar la evidencia antes que aceptar que ellos mismos, sin lavarse las manos, estaban contagiando a sus pacientes, solo porque aceptarlo heriría su orgullo. Hoy a esa terquedad se le llama "el reflejo de Semmelweis": la tendencia a rechazar una evidencia simplemente porque va en contra de lo que ya creíamos. Décadas después, Pasteur y Koch confirmarían que Semmelweis tenía razón desde el principio.


Cuando hasta la biología cambia de reglas


Desde que Watson y Crick describieron la doble hélice en 1953, aprendimos una regla de oro: la información genética viaja en una sola dirección, del ADN al ARN y de ahí a las proteínas, siempre copiando un molde de ácido nucleico como quien calca un dibujo. Nunca al revés, y nunca sin un molde.


La primera anomalía llegó en 1970, cuando se descubrió que virus como el VIH pueden hacer el camino inverso: copiar ARN en ADN, luego en 2026 se descubrió qué una bacteria, para defenderse de un virus, no necesitaba de un manual de instrucciones (un molde genético) para fabricar una pieza de ADN: le basta con la forma física de una de sus propias proteínas, que funciona como un molde o una plantilla de repostería.  Una de las proteínas hace algo que ninguna otra enzima conocida hacía: en vez de "leer" un molde genético para saber qué letra poner después, usa su propia arquitectura como si fuera un cortador de galletas, alternando los ingredientes (los nucleótidos) en un patrón repetitivo y preciso.


No es que la proteína se ponga a "escribir un gen completo" de la nada, pero sí es la primera vez que se observa con claridad que la forma de una proteína, más que una secuencia genética previa, puede dictar el orden de una cadena de ADN. Es un ladrillo distinto en la construcción de la vida, y abre puertas interesantes:

- Contra el cáncer: generar ADN repetitivo dentro de tumores para activar las alarmas del propio sistema inmunitario.
- Contra virus: fabricar cadenas de ADN señuelo que "distraigan" la maquinaria de un virus.
- En biomateriales: crear geles de ADN capaces de liberar medicamentos con precisión de relojero.
- Contra el cambio climático: diseñar microorganismos más eficientes para capturar carbono.

 

Cuando la ciencia necesita traductores


Entender el cerebro por ejemplo desde la física cuántica, implica que un médico, un físico y un programador se hablen entre sí. De estas conversaciones ha surgido un nuevo paradigma: la multidisciplinariedad donde distintos expertos aprenden a hablar un lenguaje común en vez de solo convivir en el mismo edificio. Hoy en día se usa la informática y la inteligencia artificial (como AlphaFold) para limpiar señales cerebrales o calcular cómo se deforman las proteínas que causan el alzhéimer.


Para ecosistemas de innovación como el de Medellín, esto tiene una lectura práctica: muchas organizaciones ya identifican que su mayor cuello de botella no es la falta de computadores cuánticos costosos, sino la escasez de personas capacitadas simultáneamente en medicina, ingeniería y física. La apuesta más inteligente no es comprar tecnología de punta antes de tiempo, sino formar personas que hablen ese lenguaje compartido.


"Es solo una teoría"


En la calle usamos "es solo una teoría" para decir "es solo una ocurrencia sin peso". En ciencia, esa frase es un error de categorías, como confundir un edificio de veinte pisos con un castillo de arena solo porque ambos son construcciones. 


Una hipótesis es una corazonada educada, todavía a prueba, como la primera sospecha de un detective que aún necesita evidencia.


Una ley es la receta: describe qué pasa, casi siempre con una fórmula (como la ley de los gases ideales, PV=nRT), pero no explica por qué pasa.


Una teoría es el libro de cocina completo: junta hechos, leyes e hipótesis puestas a prueba una y otra vez para explicar el porqué de fondo. Es el nivel más alto del conocimiento científico.


Denominar como "solo una teoría" a la evolución por ejemplo, es como llamar "solo un charco" al mar: técnicamente ambos son agua, pero uno de los dos sostiene ecosistemas enteros.


La humildad como motor


Hoy exploramos fronteras tan especulativas como usar las matemáticas de los agujeros negros para entender la memoria humana. Son, por ahora, los rincones más frágiles y menos comprobados de la ciencia, pero su sola existencia demuestra que la fuerza de la ciencia no está en no equivocarse nunca, sino en su capacidad para corregirse a sí misma sin dejar de avanzar.


La ciencia no crece acumulando certezas eternas: crece eliminando errores, con método y al final, la realidad siempre pone límites a nuestras suposiciones: los puentes mal calculados se caen, y los diagnósticos mal hechos fallan, sin importar cuánto creamos en ellos.


Quizás la pregunta es ¿y si lo que hoy vemos con tanta claridad fuera apenas lo que se alcanza a ver desde el lugar exacto donde estamos parados?