Las gafas invisibles que llevamos puestas
Publicado por Admin -Un artículo del Centro de Pensamiento CTI+e de Ruta N
Una guía con metáforas para entender cómo cambian las verdades
Imagina que naces con un par de gafas puestas y nadie te dice que las llevas. Ves el mundo a través de ellas toda tu vida, tan pegadas a tu cara que confundes lo que ellas te dejan ver con "la realidad tal cual es". Eso, más o menos, es lo que Thomas Kuhn llamó paradigma.
El capital heredado: por qué no reinventamos la rueda cada mañana
El conocimiento funciona como una herencia familiar: recibimos una casa ya construida, con muebles, tuberías y una distribución de habitaciones que no elegimos. Podemos remodelarla, tirar una pared, pero no empezamos construyendo desde 0, así es como aprende cada generación: sobre los cimientos que dejó la anterior.
Dentro de cada cabeza pasa algo parecido, decía Piaget, aprender es un vaivén entre meter cosas nuevas en cajones que ya existen (asimilar) y, cuando el objeto no entra en ningún cajón, reorganizar todo el armario (acomodar) es decir, no archivamos datos en un cerebro vacío; reordenamos, una y otra vez, los cajones con los que clasificamos el mundo.
El paradigma como par de gafas
Kuhn definió el paradigma como el conjunto de teorías y supuestos que una comunidad da por verdadero en un momento dado, podemos pensarlo como llevar unas gafas puestas, no inventan lo que ves, pero deciden qué queda enfocado y qué se difumina en el borde del campo visual, con qué filtro lo vemos.
Mientras las gafas funcionan, nadie repara en que las lleva puestas, se convierten en el aire que se respira, el idioma común de toda una comunidad es por eso por lo que cambiarlas cuesta tanto: no es solo cambiar de opinión sobre un dato, es como pedirle a alguien que se saque los lentes con los que ha visto el mundo entero y confíe en un par nuevo sin garantías.
Maturana plantea que, si el paradigma son las gafas, ¿qué veríamos si nos las quitáramos? Su respuesta es que no hay tal cosa como quitárselas: no existe un ojo que mire "desde ningún lugar". Siempre hay alguien, con un cuerpo, una historia, un idioma, mirando. No hay foto sin fotógrafo.
El rompecabezas, la mancha terca y el terremoto
Kuhn describió el avance científico como algo muy distinto a una escalera que se sube peldaño a peldaño, él plantea que se parece más a un rompecabezas durante la mayor parte del tiempo los investigadores arman piezas de un rompecabezas cuya imagen es fácilmente identificable, es el trabajo minucioso de encajar los bordes, rellenar huecos o armas las figuras más sencillas del rompecabezas, esto es lo que Kuhn llamó ciencia normal.
De vez en cuando aparece una pieza que no encaja en ningún lado, por más que se la gire, lo normal es ignorarla, o restarle importancia, se dice que "seguro se acomoda después". Kuhn llamó a esto una anomalía. Si esas piezas rebeldes se acumulan, empieza a sospecharse que el dibujo de la caja (Marco de referencia) está mal impreso, y si alguien propone un dibujo distinto que de repente hace encajar todo, las piezas viejas y las nuevas, ocurre una revolución científica: se tira la caja vieja y se arma el rompecabezas sobre una imagen distinta.
El sol como pieza del rompecabezas
Durante casi catorce siglos, la Tierra fue el centro del universo y el Sol un satélite, el modelo funcionaba razonablemente bien, como un reloj viejo al que hay que darle cuerda de formas cada vez más raras para que siga marcando la hora, Copérnico, Galileo y Kepler no arreglaron el reloj: propusieron uno distinto, con menos engranajes forzados y mejor precisión.
Otro ejemplo claro de un cambio de paradigma o de ciencia normal sucedió en un hospital de Viena, en 1847, notaron que bastaba con que los médicos se lavaran las manos con una solución de cloro para que la mortalidad por fiebre puerperal se desplomara. La comunidad médica rechazó no porque los datos fueran malos, sino porque la idea no cabía en el imaginario disponible y, además, sugería que los propios médicos mataban a sus pacientes.
Dogma: cuando no te quieres cambiar las gafas
Un paradigma, en principio, sigue siendo revisable: es como una prescripción óptica que se ajusta cada cierto tiempo, en el chequeo del oftalmólogo. Un dogma es esa misma prescripción cuando dejamos de ir al chequeo: seguimos usando la misma fórmula, aunque la vista haya cambiado, porque ya nos acostumbramos a ver así y cambiar de fórmula se siente como perder algo.
El motivo por el que no volvemos al oftalmólogo tiene nombre: el sesgo de confirmación, la tendencia a fijarnos solo en las líneas del cartel que ya leemos bien y a restarle importancia a las que se ven borrosas, como quien revisa el buzón esperando una única carta y descarta el resto del correo sin abrirlo. Y cuando la letra borrosa insiste en aparecer, aparece la disonancia cognitiva: el malestar de sostener dos cosas que chocan, lo que creemos ver y lo que en realidad vemos. La salida fácil casi nunca es cambiar de lentes; es entrecerrar los ojos, forzar la vista y quedarse con la fórmula vieja.
El detector de humo
Si Kuhn describe cómo se comporta la ciencia en la práctica, Karl Popper propuso un ideal de cómo debería comportarse, lo que propone Popper funcionaria como un detector de humo.
Una teoría científica no es algo que se prueba definitivamente verdadera; es algo que se pone a prueba una y otra vez, como un detector de humo al que uno somete deliberadamente a humo real para comprobar si funciona. Si el detector suena ante el humo genuino, pasó la prueba y gana confianza, pero nunca se retira del techo con la etiqueta de "infalible": la próxima prueba puede hacerlo fallar. Si en cambio no suena teniendo fuego real delante, quedó refutado: hay que bajarlo y reemplazarlo. Una idea que no puede fallar bajo ninguna prueba imaginable dice Popper, no es ciencia: es un detector que suena siempre, haya o no incendio, y por lo tanto no sirve para nada.
La inteligencia artificial
Hoy los algoritmos ya participan en descubrir fármacos, leer radiografías y modelar el clima. Y, como toda pieza nueva que se suma al rompecabezas, obligan a preguntar qué cuenta como aprender, crear o pensar. Maturana probablemente haría la pregunta: cuando una máquina "acierta", ¿conoce el mundo o solo maneja con destreza las reglas de un juego que nosotros mismos programamos, sin ventana alguna hacia algo exterior? Quizás, en eso, no sea tan distinta de nosotros.
Quizás la diferencia entre una mente que aprende y una que se estanca no sea cuántas respuestas tiene guardadas, sino si sigue dispuesta a preguntarse, frente a sus certezas más queridas: ¿y si esto que veo con tanta claridad fuera apenas lo que se ve desde donde estoy parado?
No se trata de quitarse las gafas porque nadie puede, sino de recordar, de vez en cuando, que las lleva puestas.
